Cae ceniza sobre la bahía de Nápoles
A mediodía, una nube como un gran pino se alzó sobre el Vesubio. Al caer la noche, las ciudades a sus pies habían desaparecido.
Poco después del mediodía, una nube de tamaño extraordinario trepó por encima de la montaña que los campanos llaman Vesubio. Desde la orilla de Miseno tenía la forma de un gran pino piñonero: un largo tronco de humo que ascendía al cielo y luego se abría, muy arriba, en anchas ramas. En unos lugares brillaba; en otros era oscura y pesada, teñida por la tierra y la ceniza que había arrastrado consigo.
Al anochecer ardía la cresta del monte, y láminas de fuego encendían la oscuridad de un modo que el miedo agrandaba todavía más. El almirante de la flota, Plinio, ordenó botar sus galeras: primero por satisfacer la curiosidad de un sabio; después, cuando le llegaron cartas suplicando auxilio, para alejar de la orilla a cuanta gente cupiera en los barcos.
Una lluvia de piedra
Quienes estaban más cerca del monte cuentan que la ceniza caía más caliente y más espesa con las horas, y tras ella piedra pómez y peñascos ennegrecidos, agrietados por el fuego. En las ciudades del pie de la ladera —Pompeya entre ellas, y Herculano junto al agua— los techos crujían bajo su peso.
El mar se retiró de la orilla y dejó peces varados en la arena seca, donde una hora antes flotaban las barcas.
Ni la tierra quería estarse quieta. Los edificios se mecían sobre sus cimientos; hombres y mujeres se ataban almohadas sobre la cabeza contra la piedra que caía y salían a una noche más negra que cualquier cuarto cerrado y sin lámpara. Algunos se quedaron por sus casas y sus enseres; muchos más echaron a los caminos, y los más prudentes no dejaron de andar ni volvieron la vista atrás.
La medida de las personas
Es en horas así cuando mejor se mide a las personas. El almirante, dicen, comió e incluso durmió donde otros no podían, para que la calma se contagiara de él a quienes lo rodeaban; y cuando el patio se llenó de ceniza prefirió la orilla abierta a las salas temblorosas, y allí, vencido al fin por el aire, murió como había vivido: yendo hacia el peligro y no huyendo de él.
Lo que la montaña ha sepultado aún no podemos contarlo. Lo que sí podemos decir es que la bahía amanece hoy cambiada: una costa empujada mar adentro, una luz del día del color de una bodega sellada y, por todos los caminos, las gentes de estas ciudades —vivas, llevando lo que pudieron, y llevándose unos a otros.
Nota de la redacción — La fecha sobre esta crónica, en versalitas y en el color propio del periódico sobre un filete fino, es el estilo de fecha Histórica de Xpresiva. Active el modo Histórico del theme y la fecha de publicación corriente desaparece por completo de la página, de modo que un despacho del año 79 se lea como tal.
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